Botes: Mi primer cuento fantastico
Botes
Algunas veces hago esfuerzo para recordar como la conocí y siempre llego a la conclusión, que por cierto no puedo probar, que fue en lo de mi profesor de escultura. Si no es así, al menos recuerdo un día en que me invitó a su casa argumentando su buena mano para hacer unas masas que le había enseñado a hacer su tía abuela, una inglesa con olor a naftalina que en dos ocasiones pude ver en la casa antes de que muriera, producto de su adicción al tabaco hindú que fumaba en su pipa con incrustaciones de un metal raro y letras de marfil.
Al principio iba con desagrado y creo que, únicamente, lo que me atraía era la casa y las masas que realmente eran una delicia.
Comencé a enseñarle inglés. Pasaron tres meses y sus avances eran considerables. Sin darme cuenta, mis visitas tenían una metódica que me absorbía en forma inconsciente. Antes de las clases de inglés me servía té con sus masas y hablábamos de historia, un tema que ella dominaba a la perfección, y después de las clases, que duraban una hora, la conversación caía como por un embudo, hacia mi vida, mis costumbres y mis sentimientos.
Un día cuando parecía que ya no quedaba nada por contar, comenzó a hablarme de la historia de cada una de las cosas que había en la casa. Entre otras cosas me dijo que había venido exiliada de Rumania junto con su tía abuela inglesa.
Más o menos a los dos meses de las metódicas visitas, puse especial interés en un frasco de vidrio de unos veinticinco centímetros de alto con tapa también de vidrio como los frascos para compuestos de las farmacias. Aún más interesante era el líquido azulino que había en su interior, que tenía una particularidad, cada vez que lo miraba fijo parecía descubrir en él una mancha rojiza dispersa en el fluido.
Siempre recibí evasivas al tratar de hallar respuestas sobre el frasco y aún más cuando hacía alusión al líquido. Tantas veces insistí en preguntarle acerca del objeto que, demostrando desagrado, me dijo solamente -He acumulado muchos de esos durante mi vida-.
Decidí olvidarme y tratar de aprovechar los exquisitos relatos que envolvían a cada uno de los objetos que estaban en la casa y que ella, con lujo de detalles y con total gracia me describía.
Quizás por la costumbre o por la dulzura con la que me trataba comencé a sentirme atraído hacia ella y, de las charlas de historia pasábamos directamente a un cortejo tan amable que terminábamos con un apacible cansancio después de haber hecho el amor.
Nunca dejé de interesarme en el frasco con aquel líquido azul. Aterrado, una tarde la llamé con un grito de miedo y a la vez de asombro, porque creí que la mancha dispersa en el líquido había tomado forma de un rostro humano. Cuando ella acudió a mi llamado la mancha era tan difusa que hasta sentí vergüenza al no poder explicarlo.
Cada uno de mis días parecía estar incompleto sin la visita, que, desde aquella tarde, creó en mí una intriga que me obsesionaba.
Varias veces intenté hacer que ella viera el rostro que estaba en el líquido, pero con total naturalidad y como si yo estuviera hablando de otra cosa, de alguna manera me envolvía entre sus besos y caricias.
Día tras día el rostro se fue perfeccionando, cada vez era más nítido; ella, por su parte hacía comentarios de otra época, una época futura y sus ideas sobre la reencarnación que muchas tardes había sido objeto de largas conversaciones, era un tema reiterativo y a veces cargoso. Cuando hablábamos de historia, varias veces el tema, eran los objetos que se ponían en las tumbas egipcias para ser utilizados en la otra vida, por el difunto.
Esa tarde cuando sonaron las campanas del timbre de su casa, me atendió con un frasco de vidrio entre sus manos, como siempre, me hizo pasar, su atuendo era distinto al de siempre, estaba tan bella que se me olvidó mirar hacia el frasco del rostro y hasta pensé que era el mismo que, sin el líquido, tenía en sus manos.
Apenas terminamos el té y sin hacer comentario me llevó a su habitación que olía diferente, un aroma más cítrico, le pregunté si había cambiado de perfume, a lo que no me contestó. Las sábanas, el aroma de las burbujas de su baño, todo tenía el nuevo perfume.
Las únicas palabras que dejó escapar y, las últimas que escuché fueron: -Te veré a mi regreso- en ese momento, al lado del frasco nuevo estaba el del rostro. Mi cuerpo se fue desvaneciendo, haciéndose etéreo, transparente. Por el contrario el rostro del frasco que ya había sido reemplazado por el nuevo, tenía un rostro bien definido. Tomó el frasco y parsimoniosamente lo colocó en un armario que estaba en un lugar oscuro de la habitación.
Mientras flotaba desesperado en el fluido, pude ver la mirada desesperada de una decena de rostros que estaban cada uno en un frasco igual en el armario. Al tiempo que intentaba gritar pude oír las campanas de la puerta de calle... era un joven de anteojos y de traje negro que tenía unos libros bajo su brazo derecho, eran de inglés.
Nelson Gabriel González
Febrero de 1994
Madeleine De Cubas dijo
Uff!!! querido está fantástico!!! Así que ella era una coleccionista de almas. Terrible fin tuviste, je. Me gusta muchísimo lo que escribes..., interesante e imaginativo. Ya te mostraré algunos de mis cuentos, para que me des también tu opinión. Lo mío es más bien infantil..., pero adoro escribir. Un saludo. Señora Nostalgia
17 Abril 2007 | 06:42 AM