El galán

Alejo Gomez vagaba por los cementerios de la ciudad. Era conocido por todos. De buena presencia, no muy educado pero de buen trato. Se podia mantener una buena conversación aunque no por mucho tiempo. Comenzaba a desvariar sin razon alguna llevando de a poco la conversación inevitablemente a su relación con su última novia. Ahi era cuando la gente lo eludía y se alejaba tan pronto como podían.
Había llegado a mis oidos la historia de éste personaje de la ciudad y decidí buscarlo, no me fue difícil, fue custión de unos días hasta que di con el cementerio donde estaba.
La historia me cautivó y es como se las narraré.

Cuando Alejo Gómez decidió enterrar a su prometida había pasado dos años desde que ya otros la habían enterrado, fueron dos años exactos.
No era fortiuto el tiempo, sino que al acercarce la fecha del segundo aniversario del fallecimiento de Carmela su amada, reaccionó y por fin se dio cuenta que ya no estaba y que no estaría mas en su vida.

Alejo Gómez se despertó temprano, se razuró, tomó un baño y se puso su mejor traje, era negro, con una camisa blanca y una corbata negra también.
Desayunó uno huevos, café negro y unos grisines que era lo único que tenía en la panera.
Caminó unas tres cuadras, compró unas flores y se dirigió hacia el cementerio de la Perpetua Gracia que quedaba a unas siete cuadras del puesto de flores.
Recorrió unos cuantas callejas atiborradas de lápidas y flores mustias en su mayoría ya que era mediado de la semana.
Una izquierda, dos derechas y tres lápidas antes de llegar a la de Carmela, vió a la primera mujer que hizo despertar a Alejo Gómez despues de dos años de agonía. Fue un puñal a traición y mientras trataba de sacarselo se le quitó solo cuando se topó con la tumba de Carmela Diaz, el lote estaba impecable pues Alejo Gómez era aciduo visitante. Todos los Lunes, Miércoles y sábados estaba ahi con un bolso con una escobita, un recogedor, una tijera de podar, un emparedado de queso y tomate y un termo con vino merlot.
Ese dia solo trajo el ramo de flores, no era una visita, era una despedida, que gracias al acontecimiento que le había sucedido tres lápidas atrás fue totalmente distinto al que había planeado desde hacia dos semanas.
Se arrodilló, no sin antes mirar por sobre su hombro a la mujer que le habia clavado ese puñal, de intriga, de atracción, que aunque se había salido de la herida al llegar a la tumba de Carmela, ya había dejado su huella indeleble.
Alejo Gómez tenía pensado todo un ritual para despedir a su Carmela pero todo fue rápido, incomodo, lleno de interrupciones para cuidar que la dama de atras no se fuera, pero no se fue, de algun modo era como que esperaba a que Alejo terminara, y asi fue.

Estaba decidido a acercarce a la mujer, ya había perdido el tacto para aproximarse a una en plan de conquista, pero era inevitable hacerlo, él sentía la necesidad de demostrar su hombría que había estado dormida por todo este tiempo, no solo durante estos dos últimos años sino desde que había formalizado su relación con Carmela, un año antes de la muerte de esta.

Se acercó con la excusa más perfecta para esa ocación, y también la más sencilla, preguntádole a la mujer si a quién visitaba. La mujer le contó que visitaba a una persona muy importante para ella y ahi terminó toda explicación. Cuando Alejo Gómez miró la inscripción en el piedra y la actitud de la mujer no quizo ahondar mas en la conversación.
Decidió seguir con la otra pregunta de conquista barata que era la del nombre de aquella mujer indudablemente bella.
- Tenemos el mismo – dijo a Alejo, - Desde mi bisabuela –
Alejo leyó Ligia momentos antes.
Ligia había dejado escapar una lágrima que rápido seco con el guante. Aunque había mas lagrimas en sus ojos que se pusieron brillantes de inmediato.

Alejo Gómez le ofreció su brazo. Cuando Ligia Duchamp metió el suyo dentro del arco del brazo de él, Carmela, de haber estado viva, habria comprendido que su hombre se había ido para siempre.

Ligia vivía en las afueras de la ciudad, en una casa tan grande que daba miedo a Alejo aunque la compañía de Ligia era mágica, dulce y tenía el don de hacer caer a ese hombre, que dias antes sufria dia y noche, en un trance de amor que solo habia experimentado los dos primeros meses con Carmela.

Asi pasaron siete meses de visitas, caminatas, amores dulces hasta que hablaron por primera vez de matrimonio.
Ligia se incomodó al principio pero pronto comenzaron ambos a hacer planes.

Alejo cambió el semblante definitivamente, Ligia en cambio era una dama tan distinguida que hasta los cambios de humor eran imperceptibles, ya que se mantenía en un estado de tranquilidad que. verdadero o creado por su educación, era el deleite de cualquier persona que estuviera con ella.

Fijaron la boda para el 12 de Diciembre.
Cuando Alejo fue a ver al padre Toribio de la iglesia de San Marcos para pedir cita, estaba exitado por los acontecimientos que vendrían, nunca habia estado mas feliz.
Ya en frente del padre Toribio le dio la fecha, le dio su nombre, pero cuando el padre pidio el nombre de la prometida este se puso pálido. Se trato de componer y pregunto a Alejo si de dónde venia la señorita Duchamp. Alejo le contestó que era de la ciudad que siempre había vivido en ella. Tragando saliva con dificultad el sacerdote preguntó dónde se casarían.
El lugar sería en la casa de Ligia como lo había hecho su madre.
- Estás seguro de lo que me dices hijo?
- Totalmente padre.
- Desde cuando conoces a Ligia Duchamp?
- Desde hace diez meses, casi once en realidad padre. Contestó alegre Alejo Gómez.
- Usted perdone padre nuestra desición pero vivimos juntos en la casa Duchamp desde hace 8 meses.
- Tu no eres de aquí verdad Alejo?
- No, vine a esta ciudad porque aqui enterre a mi ex-novia Carmela Diaz, era su ciudad natal.
- Hijo quiero que me escuches con atención – dijo con voz firme el cura.
- La casa Duchamp ha estado abandonada por 63 años, nadie vive ahi, asi que, o me dices a qué viniste en realidad o te largas de esta iglesia.
- Alejo Gómez quedó en shock, el padre Toribio tuvo que pedir agua a la secretaria.
Alejo Gómez amenazó con volver con su prometida pero cuando llegó a la casa el portón de entrada de hierro forjado estaba cruzado con una cadena y un antiguo candado lo aseguraba, los pastos cubrían todo el frente, algunos vidrios de las ventanas estaban rotos.
Ligia Duchamp la tercera de las hijas de su homónima madre, había muerto hacía 70 años.

Alejo Gómez siempre está bien vestido, recorre todos los andenes del cementerio, con el brazo derecho en arco, camina despacio, hace dos o tres pasos y mira hacia su derecha, sonrie, habla o conversa, invita a todo el que se cruza en su camino, a la boda, - será el 12 de Diciembre – dice. Y con una sonrisa se despide. Continua en su caminar agradable, riendo y mirando de tanto en tanto a su amada, a su Ligia.

Nelson Gabriel González
19 de Noviembre de 2006

Nota: El nombre original de Alejo cuando escribí este cuento era Eucebio, pero cuando se lo lei a mi esposa Lucía, el relato le hizo acordar a uno similar de su tierra natal Cartagena, de Alejo quien vagaba por las calles cantando a cambio de dinero para la sortija de su amada fallecida, para él todavía viva.