No es bueno comer tanto...
El desfile de platos comenzó a las 20:00, era jueves, faltaban tres días para que comenzara el invierno. Comenzaron a comer apenas se sentó el obeso. Durante la primera hora comieron normalmente, con toda la educación y buen comportamiento que ameritaba el lugar. Era chico, lujoso, había una puerta de dos hojas, seguramente, más por las dimensiones del propietario, que por decoración. Las paredes estaban plastificadas, todo era plástico, las cortinas, los adornos, que eran pocos.
En el lugar solo había espacio para la gran mesa para 18 personas y lugar para andar cómodamente a la vuela, pero nada más.
Durante la segunda hora sus caras brillaban con la grasa de los manjares que comían o deboraban. No se miraban, sus ojos fijos se centraban en el plato rebozante de comida, que nunca se acababa. La servidumbre, dos viejas tan delgadas que parecían líneas que reptaban entre los comenzales, mantenía hasta el borde los platos.
Bebían, tanto ellos como sus trajes, porque cada vaso de las diferentes bebidas se consumía totalmente, eso sí, no todo su contenido iba a parar al estómago de los invitados, por ambos lados de la boca caían chorros que después de lavar sus quijadas llegaba en hilos gruesos a sus ropas que hasta las 20:30 eran impecables piezas del buen vestir.
No se miraban entre ellos, solo a la comida. Apartaban la mirada de sus platos unicamente para ver qué más incorporar a sus platos.
Media hora más tarde, varios comenzaron a tomar la comida con sus manos, quince minutos después lo hacían todos. Aún cuando lo que llevaban a la boca era blando o líquido. Unos comenzaron a hacer altos en su ingestión pues debían terminar sus arcadas para seguir engullendo.
Otros comían con las dos manos y con desesperación. Esa desesperación, como cada uno de los actos que le antecedieron se fue genralizando hasta hacerse uniforme en todos los comenzales.
Los ojos, rojos por uno o los dos motivos, (me refiero al vino o a la exacerbada gula) ya no miraban y si lo hacían dejaban ver destellos de ira.
Más tarde, contrario a la realidad, comenzaron a pelearse por la comida creyendo que lo que estaba en la mesa era lo único que quedaba.
Llegaron a quitarse bocados de la boca y comérselos desesperadamente. El frenesí de gula hizo que lo manchado no solo fuera sus trajes que en algún momento fueron inmaculados, el piso, las sillas, las paredes, eran muestras de los diferentes platos.
Como con todo, bastó que uno comenzara a vomitar para que aquel lugar se trasformara en un pedazo de infierno, sus bocas se cerraban, luego se llenaban de vómito y seguido se vaciaban en los platos, en la mesa y en ellos mismos. Eso provocaba nauseas intercomenzales que, cíclicamente los hacía vomitar casi indefinidamente.
Pero entre nauseas, toses, vómitos y ayes comían lo que las flacas mujeres de la servidumbre, como si nada ocurriera, no paraban de llevar a la mesa.
Pronto el piso se cubrió de efluvios unos tres centímetros.
El obeso tenía su abdomen el doble de lo que era al llegar al banquete, de repente, su cara comenzó a sufrir una deformación, una metamorfósis que no tardó en atraer a sus invitados. Se estiraba, le aparecían bultos, se desinflaba, crecía. De su boca salía saliva, vómito, vino, líquidos y sólidos. Cinco minutos después y ante el asombro de todos su boca estalló, regando a sus invitados más cercanos con pedazos de sus mejillas. Sus dientes alcanzaron a los convidados más alejados. Sus ojos salieron expelidos y quedaron aplastados, uno contra la pared y otro contra el comenzal de su derecha.
Tal espectáculo sirvió como inicio de una interminable serie de deformaciones en cada uno de los hombres o bestias que terminaron desintegrándose hasta quedar reducidos a una masa de carne, sangre, comida semidigerida, bebida, saliva y otros líquidos corporales.
Cuando todos desaparecieron en aquella pasta, comenzaron a verse aglutinamientos aislados que parecían atraer hacia si restos de su alrededor.
Esos cúmulos fueron, poco a poco y de la forma más desagradable, tomando formas, entidades humanoides nacieron de cada uno.
Pegajosas y asquerosas formas, nauseabundas hasta el hartazgo, surgieron incólumes, lánguidas. Rosados cuerpos alargados, con extremidades largas, más que lo normal si se toma como un parámetro al ser humano.
Sus rostros casi lisos dejaban ver unas endiduras cortas y transversales en el lugar de la boca, unos orificios en donde irían las fosas nasales y unos ojos imposibles de ver directamente ya que su color rojo era tan penetrante y fijo que solo se podía comparar al dios vaal de la mitología.
Una a una de las criaturas se fueron configurando hasta quedar totalmente hechas y unidas por leves hilos de un líquido viscoso.
Una de las criaturas, la de ojos más poderosos se acercó a otra y de un solo golpe comenzó a deborarla, a medida que esto sucedía su piel se iba hacíendo más densa, y continuó deborando, uno a uno a sus congéneres. Con cada ingestión su cuerpo se hacía más fuerte, más firme y su color rojo terminó por ser casi bordó. Sus ojos rojos se hicieron llamas y sus extremidades pasaron de manos a garras y de pies a patas con pezuñas.
Sus gemidos, gritos y alaridos terminaron por cubrir el espacio del salón. Una vez que ninguna de las criaturas secundarias quedó en pie, el ser aberrante se levantó totalmente erguido y con una llamarada que fluyó de su boca derritió las paredes de aquel salón que unas horas atrás había servido de albergue a la que parecía ser una amigable reunión.
A medida que la llama iba consumiendo las paredes un fuego más intenso se divisaba afuera, todo ardía, todo se consumía entre enormes abismos oscuros y rojizos. Todo, de a poco, se constituía en la morada perfecta de aquella criatura poderosa, que cada vez se sentía más viva y a gusto con aquel entorno apocalíptico que la acogía.
Pronto el clamor de las llamas se confundió con los gritos de la criatura que se dejó ocultar con el color del ambiente para convertirse en eso, en cada lengua de fuego, en cada resplandor, en cada resquisio de oscuridad, en cada grito. Su presencia se hizo nada y a la vez todo.
Recuerden, el comer mucho, puede ocasionar pesadillas ¿o me equivoco?...
Nelson Gabriel González
18 de Junio del 2000 - 2:15 am
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