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La Coctelera

Mi Religion

Autoestima - Respeto a si mismo - Respeto a los demas

22 Junio 2007

La Palabra (cuento fantastico)

No quedaba ninguna de esas cosas que "adornaban" las paredes, una hoguera había culminado con una etapa de su vida llena de problemas propios del común de la gente en un círculo como el de él, y aún más, en un país como el de él. Las ideas de este tipo, en esta parte del planeta están muy arraigadas en el pensamiento popular.

El humo negro y espeso delataba la naturaleza de lo incinerado, plásticos en su mayoría. La casa, por varios días, inexplicablemente (o no), estubo sumida en una niebla negra producto de la actitud piromaníaca de su propietario. Mientras estuvo ardiendo había unas llamas color celeste verdoso de algún objeto de metal que se resistió, hasta el fin, a perecer quemado, así que se pudo rescatar, aunque sin el brillo que lo revestiá.

Los personajes de los cuadros del renacimiento se sentían desamparados ante la actitud del dueño de casa. Había uno o dos en la mayoría de los cuartos de la casa, que no eran muchos.

La incertidumbre se fue apoderando de ambos, y se manifestaba en pequeños actos que se hicieron cotidianos en las tres semanas antes de comenzar todo.

Las puertas del negocio estaban abiertas como antes y la mercadería en las góndolas también como antes no cambiaban de dueño.

Detrás del mostrador los esposos sin hablar esperaban algo sin saber qué. Así habían estado desde el día en que terminaron de negociar los últimos detalles. José miró a Sara y por algún motivo se remontaron con su mente al día en que habían comprado con gran sacrificio el terreno y que después de varios años, cinco para ser exacto, habían construido la parte de lo que hoy era una tienda de alimentos.

Los primeros años fueron buenos, pudieron construir las habitaciones de sus futuros hijos y comprar una camioneta con la que repartían mercadería.

Ambos se sobresaltaron y volvieron al mostrador, con su vista algo nublada y confusa por las imágenes del viaje sin cuerpo que acababan de compartir sin haberse puesto de acuerdo. Un segundo después ambos veían acercarse al hombre de sobretodo negro que muy bien cubría su atuendo también negro, los zapatos de charol y un sombrero con el ala bajada de la parte de adelante eran los componentes que no eran de este tiempo.

Su boca de labios finos se movió correctamente debajo de su nariz aguileña y fina al igual que su quijada. El saludo amable fue contestado de inmediato por José y Sara que miraban con intriga.

El sujeto ofreció comprarles todo lo que tuvieran en las estanterías y con dinero en efectivo. Los Gómez se miraron con un asombro que si lo repartían entre ellos dos sobraba para otros dos. Cuando el hombre del sombrero miró hacia un estante que estaba detrás de ellos pudieron ver los ojos azules y las cejas quebradas que quedaban ocultas por la sombra del ala caída del sombrero.

Mientras José buscaba el inventario en la computadora, el hombre clavó su mirada en Sara hasta hacerla bajar su vista hacia el mostrador mientras que su pecho se hinchaba fruto de su cambio de respiración. Su incomodidad la hizo mover torpemente volteando un lapicero. Sus mejillas estaban coloradas. Con una excusa, se disculpó y con una mirada cavilante saludó al comprador, que quedó mirando su figura que se alejaba hasta salir por una puerta que daba a la casa. Sara, antes de cerrar la puerta miró nuevamente al sujeto que la descubrió en su acción.

El informe se estaba imprimiendo. El mismo José ofreció un porcentaje de descuento que fue rechazado por el visitante, alegando los bajos precios que había encontrado en su negocio.

Al día siguiente dos camiones llevaron toda la mercadería. Un cartel que decía "Cerrado por vacaciones" colgaba de la puerta de entrada. Esa noche los Gómez festejaron su negocio. Todavía confusos no sabían a quién agradecer. Pasarían unos días hasta reponer todo el stock, solo habían quedado dos cajas grandes con productos que estaban en mal estado o dañados.

De todos modos, y sin saber si realmente tenían que ver, brindaron por lo que pensaban era fruto del anterior negocio que José tan secretamente había llevado a cabo.

Cuando terminaron de llenar las góndolas, a la semana siguiente, y con el desagrado de algunos vecinos, por los días de embotellamiento que había causado el continuo transitar de camiones de los proveedores, el hombre de negro se presentó nuevamente. Miró a los clientes que estaban comprando, y pronto llegó al mostrador donde estaba José con cara de inseguridad por lo que creía, eran sus pensamientos hechos realidad. Hacía dos días daba vueltas en su cabeza la imagen del hombre regresando a decirle algo sobre los productos, en especial, que se los devolvería.

No fue así. Nuevamente sin ningún tipo de objeciones, que más bien eran de José que del comprador, puso su maletín repleto de billetes sobre el mostrador e hicieron negocio. Nuevamente las estanterías estaban vacías. Nuevamente el cartel estaba colgado en la puerta y nuevamente, el festejo, el embotellamiento y el enojo de los vecinos, que hacían comentarios como: -Con este negocio, el barrio es un manicomio-.

Sara, por primera vez daba la razón a José de lo que había originado, pero el sentimiento de culpa la atormentaba en silencio desde el primer día.

Y el hombre de negro con mirada de rapaz continuó sus visitas. Y los Gómez esta vez brindaron por algo más. Sara estaba embarazada. Su nueva situación los impulsó a tomar la decisión de tener un hijo, el hijo que desde su casamiento habían postergado, no por falta de ganas, sino por que les sobraba responsabilidad como para traer un niño en medio de su estado económico más bien decreciente.

Ante el asombro de sus vecinos, en cuatro meses José y Sara eran lo que ellos habían deseado desde siempre. Ambos desde niños habían vivido en la pobreza y hoy en día lo material compensaba esa etapa. Aunque su espíritu había crecido en felicidad, y no por el dinero sino por el próximo integrante de la familia. Debido la nueva actividad de Sara, en el garage, habían puesto dos mesas largas y unos bancos donde alimentaban a treinta y tres niños de la calle.

La panza de Sara crecía a la par de su economía. José había cambiado su apariencia, hacía ocho meses su delantal de almacenero hacía contraste con su camisa y corbata que aparecían sobre el escritorio que había reemplazado al viejo mostrador.

La vestimenta que se mantenía invariable era la del visitante que no figuraba en la guía. José había dedicado gran parte de su tiempo libre a investigar su procedencia, a qué firma representaba, si era dueño o si dependía de alguien. En realidad, bien en el fondo no quería saberlo.

Cuando nació Francisco Gómez Pedraza, como figuraba en la partida de nacimiento, el hijo de José peso cuatro kilogramos cien, era grande y lloraba con gritos roncos antes de su alimento. Pero tenía una semana cuando comenzó a enfermarse. Su estado era reservado según decían los mejores médicos. José y Sara gastaron toda su fortuna en especialistas, medicinas y todo lo que estaba a su alcance. Por suerte el visitante mantenía su trato.

A los cinco meses de haber estado constantemente llenando su negocio y vaciándolo a las dos semanas. Hicieron un convenio que le permitía a José reunir por afuera de su negocio, la misma cantidad y variedad de mercadería que la que tenía en su tienda, y se la vendía al comprador misterioso que había traido la dicha a su situación financiera. De ese modo su negocio permanecía abierto al público normalmente.

El pequeño Francisco había empeorado en los últimos días, su muerte había sido mencionada entre los médicos que lo atendían. Aunque había una remota posibilidad de que se salvara. Cierto médico que residía en un país poco conocido del oriente había estado investigando sobre enfermedades exóticas y aconsejados por los médicos, José, Sara y Francisco viajaron a ese lugar.

La secretaria del médico los hizo pasar a una sala con un olor extraño en el ambiente, en una mesita y en repisas había unas piedras amarillo verdoso a modo de decoración. Pronto se dieron cuenta de que el extraño olor provenía de las mismas.

A los quince minutos de haber llegado, el llanto que salía del consultorio comenzó a inquietarlos.

El niño que estaba en brazos de una mujer negra comenzó a llorar hasta obtener lo que quería. Francisco había estado en la misma situación unos minutos antes de que Sara lo amamantara.

Una discusión estaba llevándose a cabo en el consultorio y los gritos y sollozos que se escuchaban pusieron más nerviosos a la mujer de color y a José y Sara.

Cuando comenzó a abrirse la puerta del consultorio la secretaria terminó de hacerlo y dejó salir a la mujer con los ojos desorbitados, sola sin su bebé, que había sido internado como explicó la enfermera mientras acompañaba a la mujer. A mitad del camino de la sala de espera la mujer, presa de su estado, rompió en pedazos un papel arrojándolos en todas direcciones, a lo que la secretaria, con la mirada clavada en los ojos rojos de la madre desesperada, dijo paciblemente -Veo que se arrepiente, pero no hay retroceso-.

Seguido, hizo entrar a los Gómez. En medio de la confusión se dieron con un consultorio vacío, o por lo menos sin el médico, que desde otro lugar les habló diciéndoles: -Tomen asiento por favor, me cambio y estoy con ustedes-. No había más puertas ni ventanas que la que ellos acababan de cruzar. Los Gómez se miraron asombrados. Su asombro no era por eso, sino por el timbre de voz del médico.

Su estado nervioso fue subiendo y José casi sin habla, miró horrorizado el papel sobre el escritorio que estaba ante ellos.

Ambos se sobresaltaron al escuchar la voz que hacía cinco minutos les había hablado. -Por favor lean las letras pequeñas, si están aquí, es porque no las habrán leido al firmar-.

Terminadas las palabras del médico, José y Sara reconocieron la voz pero antes de mirarse, sus cuerpos se helaron ante la presencia del médico que los saludaba amablemente como siempre lo hacía, aterrorizados vieron ante ellos al visitante extraño, que ahora estaba con otro atuendo y sin sombrero, su mirada era fuerte y sus cejas levantadas al medio se clavaban en su ceño fruncido.

- El pequeño no está enfermo, les repito, lean el contrato.-

El papel que estaba boca abajo sobre el escritorio era lo que José creyó en un principio, tenía su firma.

-Pueden volver a su país, el niño se queda.

La mujer de color escuchó los gritos de dolor y arrepentimiento, que en vano dejaban escapar José y Sara al ver a Francisco ser arrebatado por la nueva forma del médico, o del visitante, daba igual.

El éxtasis del médico transformaba su cara mientras absorvía lentamente los últimos restos de vida del niño que tenía levantado en sus brazos.

Nelson José González

15 de Enero de 1995

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Mi nombre es Nelson Gabriel Gonzalez, naci de casualidad en Argentina y vivo por eleccion en USA. Creo fervientemente en que la felicidad esta en aceptarnos y vivir como seres humanos. Y no, teniendo como indice de comparacion a un ente inalcanzable con una perfeccion igualmente inalcanzable, que lo unico que nos crea es frustracion y sentimiento de inferioridad.

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